Lugares de interés turístico
y cultural
Çanakkale

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Çanakkale es el nombre actual de los Dardanelos (el antiguo Helesponto),
el estrecho de 72Km. de largo que une el mar Egeo y el de Marmara. |
La península de Gelibolu
La batalla de los Dardanelos.
La península de Gelibolu (o Galípoli) fue el escenario de la gran
lucha de marzo de 1915 cuando los Aliados de la Primera Guerra Mundial
iniciaron una ofensiva con la flota más poderosa de la época y quedaron
vencidos ante la defensa más sangrienta y más gloriosa de la historia...
Con los cementerios de sus mártires, con todos aquellos recuerdos
escalofriantes y los museos militares que los resucitan, Gelibolu
es el testigo de la página más trágica de nuestra reciente historia
pasada.
Assos
La historia de la antigua ciudad de Assos, se remonta hasta el reinado
del rey hitita Tutalia IV en el siglo XIII a. de J. C., es un lugar
arqueológico e histórico de una belleza singular con su ubicación
extraordinaria en la orilla del Mar Egeo justamente enfrente de
la isla de Lesbos, con los restos del templo de Atenea al estilo
dórico que data del siglo VI a. de J. C. con las murallas y otras
ruinas del antiguo puerto.
Troya
Antigua ciudad de Asia Menor y capital de la Tróade, cuyos restos
fueron descubiertos a finales del siglo XIX en la actual Turquía,
en una colina rocosa ubicada entre dos ríos y próxima a la costa
del Helesponto (estrecho de los Dardanelos; mar Egeo). Es famosa
por la Iliada y la Odisea, escritas por Homero.
El descubrimiento de la antigua Troya
Su constante presencia en las leyendas antiguas, en la
que es presentada como capital de una poderosa civilización enfrentada
a la griega, hizo despertar el interés de arqueólogos e historiadores
por demostrar su existencia real. Fue el alemán Heinrich Schlieman
quien inició en 1871 las excavaciones que darían con sus restos,
en el montículo de Hissarlik, lugar que se correspondía con las
descripciones presentes en las obras del poeta épico Homero. Encontró
enterrados vestigios de cuatro asentamientos humanos, superpuestos
en diferentes estratos, e identificó en un principio a la Troya
homérica con el tercero de ellos, aunque más tarde consideró que
se correspondía con el segundo. Wilhem Dörpfeld, también alemán
y continuador de los trabajos de Schlieman, confirmó en 1893 la
existencia de hasta nueve estratos distintos de ruinas, correspondientes
a otras tantas ciudades antiguas, y que abarcaban desde el 3.000
a. C. hasta el comienzo de nuestra era. Según Dörpfeld, en opinión
que ha sido confirmada por estudios recientes, la Troya descrita
en las obras de Homero ocupaba el sexto estrato, y habría sido fundada
entre el 1.500 y el 1.200 a.C. Los restos encontrados, correspondientes
a una ciudad-fortaleza mucho más extensa que las de los estratos
más antiguos, mostraban una gran semejanza con los hallados en Cnossos
(isla de Creta), lo que refleja la similitud de la cultura troyana
con la micénica. Entre los restos anteriores a aquéllos destacan
los del segundo estrato, pertenecientes a una importante ciudad
pre-micénica construida en torno al 2.000 a. C. De su riqueza son
testimonio las piezas de oro, plata y bronce desenterradas por Schlieman,
que forman el llamado "tesoro de Príamo". El séptimo estrato
se corresponde con una pequeña aldea griega, y el octavo con la
ciudad helenística de Ilion, mientras que en el noveno y más moderno
se hallaron las ruinas de Ilium Novum, una población grecorromana
de principios de la era cristiana.
Troya homérica y Troya histórica
Las epopeyas de Homero se basan en una tradición transmitida
por los cantos de los aedos, que recogían leyendas relacionadas
con la guerra entre Troya y los pueblos griegos. En la Iliada, que
integra junto a la Odisea el ciclo troyano, se narra el asedio de
Troya y su posterior destrucción. Esta guerra legendaria fue provocada
por Paris, hijo del rey troyano Príamo, que raptó a la bella Helena,
la esposa de Menelao de Esparta. Los jefes griegos, aqueos y eolios,
unidos por un juramento de fidelidad, reunieron en Áulida un ejército
con más de 100.000 hombres y 1.200 navíos, y partieron hacia Troya
para rescatar a Helena. Al mando de la expedición estaba Agamenón,
hermano de Menelao, al que acompañaban Ayax, Aquiles, Ulises, Diómedes,
Néstor, Filoctetes y otros héroes griegos. Los troyanos, comandados
por el gran guerrero Héctor, se negaron a liberar a Helena, ante
lo cual los griegos comenzaron un asedio que se prolongó durante
diez años. Al final de éste, Aquiles se retiró de la batalla, lo
que estuvo a punto de provocar el fracaso de la empresa griega.
Sin embargo, Ulises ideó una estratagema que permitió entrar en
la ciudad sitiada: ofreció a los troyanos un gran caballo de madera
como regalo para conseguir la paz. Aquéllos, confiados, introdujeron
el caballo en la ciudad, sin saber que en su interior se habían
escondido los guerreros griegos, que se apoderaron de Troya y, posteriormente,
la saquearon e incendiaron. Tras la guerra, el poema narra el regreso
de los vencedores a sus lugares de origen y las penalidades que
sufrieron. Esta tradición épico-mítica está inspirada en el conflicto
bélico que sostuvieron troyanos y griegos entre los siglos XIII
y XII a.C. La realidad de estos hechos fue negada durante mucho
tiempo, aunque los historiadores modernos aceptan su veracidad.
Parece ser que la guerra se originó por la pretensión griega de
expandirse hacia el Ponto Euxino, que chocó con la oposición de
Troya. Ésta controlaba el paso de los Estrechos y era rica en oro,
plata y otros metales preciosos, lo que, unido a su importancia
estratégica, animó a los griegos a emprender su conquista. La guerra
se libró en Troáde y las islas vecinas, y finalizó con el asedio
y destrucción de la ciudad, fechado en el 1184 a.C. (también se
señalan el 1335 y 1135 como fechas probables de la caída de Troya).
Almogávares
Los almogávares eran montañeses nacidos en el reino de Aragón, gentes montaraces criadas en los valles del Pirineo catalano-aragonés. Su aspecto era feroz. Llevaban la barba crecida y vestían pobremente, con calzas de cuero y zamarra de piel. Sus armas predilectas eran un cuchillo largo y fuerte, y una pareja de dardos y otra de azconas, lanzas cortas que proyectaban con precisión letal.
El significado mismo de la palabra almogávar (hombre de campo que, formando tropa, entraba en tierra de enemigos) nos ofrece ya una noticia cabal de su origen y oficio. Estos singulares guerreros se dedicaban a realizar incursiones en territorio de frontera en que la sorpresa del ataque, unida a la celeridad de las acometidas, desarbolaba al desprevenido enemigo.
Su organización militar no respondía a patrones tradicionales, pues tenían a gala elegir ellos mismos a sus jefes. Constituían una sociedad jerarquizada compuesta por almogatens, adalides, caudillos y capitanes . Esta especie de democracia castrense y los estrechos lazos personales que existían entre los componentes de las compañías de almogávares, junto a un armamento ligero muy funcional y una peculiar táctica de combate, fueron la base de una serie de fulgurantes campañas militares en las que nunca conocieron la derrota.
Partidas de estos rudos montañeses habían sido reclutadas para luchar contra los musulmanes en el siglo XIII, en los años de la Reconquista aragonesa. Lucharon en las filas de Jaime I el Conquistador durante la toma del reino de Valencia y en las de Pedro el Grande, que llevó la expansión de la corona catalano-aragonesa hasta Sicilia. Su hijo, Jaime II, nombró gobernador a su hermano Fadrique II de Sicilia, por cuya continuidad lucharían los almogávares cuando el Rey pretendió la paz con los francos restituyéndoles la isla. Obtuvieron los de Fadrique la victoria, sellada con la paz de Caltabellota, que, por otra parte, dejó a los almogávares sin ocupación. Los alzados contra Jaime II no podían regresar a tierras aragonesas, pero tampoco permanecer en Sicilia, porque don Fadrique no tenía con qué pagar sus servicios.
La Compañía Catalana – Toda leyenda necesita un héroe y los almogávares lo hallaron en Roger de Flor. No era uno de los suyos, no había nacido en tierras del reino de Aragón, pero sus hazañas al frente de la denominada Compañía Catalana le han asegurado un lugar de honor en la saga gloriosa de estos extraordinarios guerreros.
Hijo de alemán e italiana, a temprana edad quedó huérfano y fue acogido por los Caballeros del Temple, que por entonces patrullaban con sus galeras de guerra por aguas del mar Jónico. El joven Roger se adaptó bien a la vida cuartelaria de aquellos hombres mitad monjes mitad soldados. Era de porte distinguido, notable fuerza física y valor temerario. Llegó a mandar una de las galeras de guerra y con ella participó en la conquista de San Juan de Acre. Salvó la vida de numerosos cristianos sitiados, pero en la retirada se le acuso de apropiarse de las joyas de algunos de los rescatados. Ante el temor de ser procesado, puso agua de por medio y apareció en Sicilia recalando en una galera de la flota de don Fadrique. Allí fue donde entró en contacto con los almogavares. Pronto se identificó con su espíritu y trabó amistad con sus adalides, entre otros Ferran Jimenez de Arenos.
Roger les ofreció en aquel momento lo que mas añoraban todos ellos: aventura y riqueza. Luchar como soldados de fortuna bajo la bandera de Bizancio!
Se reunieron en Mesina, donde el antiguo templario les comunicó que Andronico II, que reinaba sobre los restos del Imperio romano de Oriente, les necesitaba para frenar el avance de los turcos sobre Asia Menor. A cambio de sus espadas el basileo (el emperador bizantino) estaba dispuesto a nombrar megaduque a Roger de Flor, concederle la mano de una princesa imperial y pagar a los almogavares una soldada que era el doble de la que cobraban los demás mercenarios al servicio de Bizancio. Fieles a sus costumbres, los almogávares sometieron a votación el proyecto y aceptaron. Roger de Flor sería su jefe. Había comenzado la leyenda.
En Constantinopla - Se calcula que el cuerpo expedicionario almogávar que desembarcó en Constantinopla a mediados el año 1303 estaba formado por unos 7000 hombres. Desfilaron ante el emperador Andrónico, rodeado por su guardia y demás dignatarios de la corte. Le acompañaba su hijo y cobasielo, Miguel, que desempeñaría un papel capital en la tragedia que estaba por venir.
Parapetada tras sus hasta entonces inexpugnables murallas, Constantinopla había resistido durante mil años los ataques de los mas variados enemigos pero ahora representaba ya una sombra de si misma. Con todo, su belleza y riqueza eran aun grandes.
Antes que a la guerrida tropa catalano- aragonesa, Bizancio había contratado los servicios de otros soldados de fortuna: alanos (oriundos de Ucrania), turcos y genoveses. Estos últimos eran los mas numerosos, y con ellos tuvieron los almogávares su primer tropiezo. Empezó con una burla y acabo en un baño de sangre. Cuentan que el Emperador mostró su satisfacción ante la derrota genovesa, pero emplazó a Roger de Flor a cumplir cuanto antes su peligrosa misión.
Las batallas relámpago - Partieron con destino a Anatolia, cruzando el mar de Mármara. Desembarcaron en el cabo Artacio. A pocos kilómetros se encontraba el campamento turco. Asustado ante el gran número de enemigos, un gran ejército bizantino había reculado meses antes sin entrar en combate. El príncipe Miguel mandaba aquellas tropas que se habían dejado acobardar por los turcos. Éstos eran gentes intrépidas, originariamente nómadas venidos dos siglos atrás desde el centro de Asia. Excelentes jinetes, podían disparar certeras flechas sin detener el galope de sus monturas.
En un día cubrió la hueste almogávar la distancia que les separaba de los turcos. Acamparon y se prepararon para el combate. Al amanecer, desplegando la senyera (la bandera de la Corona catalano-aragonesa) y los colores de don Fadrique, asaltaron el campamento. Pillados por sorpresa, los orientales fueron acuchillados sin piedad. Según algunas fuentes, perecieron no menos de 8.000 hombres. Aquella victoria impresionó a los bizantinos, pero alertó al príncipe Miguel sobre la potencial amenaza de los almogávares.
Los turcos habían sido derrotados, pero había más tropas esparcidas por los territorios bizantinos de Asia Menor. La Compañía decidió pasar el invierno en Cízico. Allí, la mayor parte se gastó la paga y después empezó a vivir del crédito. Hubo peleas con los bizantinos. Jiménez de Arenós, que era un caballero, exigió justicia. Roger de Flor tenía otro parecer. Así pues, Arenós decidió abandonar la hueste. Le siguieron casi un centenar de almogávares a caballo que con el tiempo acabarían poniendo su espada al servicio del duque franco de Atenas.
Entre los soldados inactivos las peleas se hicieron continuas, y alcanzaron su cenit cuando se incorporó a la Compañía un grupo de mercenarios alanos al mando de un jefe llamado Georgios. Una noche, alanos y almogávares llegaron a las manos y en la lucha cayeron muertos varios de los recién llegados. Al día siguiente se reanudó la contienda y volvieron a llevar la peor parte. Georgios se fue seguido por parte de los suyos. Otros, alrededor de unos mil, permanecieron junto a Roger de Flor, cuya fama de generoso era proverbial. En un gesto calculado, mandó quemar los pagarés que eran el testigo de las deudas contraídas por casi todos. Con aquella acción y la promesa de nuevos botines se ganó a toda la tropa.
Une victoria tras otra - En primavera de 1303 la hueste almogávar fue requerida para liberar la ciudad de Filadelfia, sitiada por un potente ejército turco. La batallo tuvo lugar en Aulas. Como acostumbraban, los almogávares cargaron en tromba destripando caballos y acuchillando infantes. Alcanzado el emir al mando por un venablo, su caída provocó la desbandada de los suyos. Sin embargo, aun en retirada los turcos fueron masacrados. Según las crónicas, las bajas en el bando catalano-aragonés fueron de sólo 100 almogávares y unos 80 jinetes.
La leyenda estaba servida. Todas las ciudades bizantinas que se sentían en peligro ante los turcos reclamaron la presencia de aquellas mesnadas que parecían invencibles. Durante la liberación de Tiria, la hueste tuvo, sin embargo, una baja muy sentida, la de Corbéran de Alet.
La pérdida de Alet fue compensada por la llegada de Bernat de Rocafort un hombre con fama de duro que aportó a la tropa otros mil almogávares. Prosiguieron su campaña internándose en Anatolia. Llegaron a Efeso y mas tarde fueron atacados por los turcos en Ania. Era la primera vez que alguien les robaba la iniciativa. Según Muntaner, esto dejó muy sorprendido a Roger de Flor y los suyos, pero pronto se rehicieron. Al grito de “Via fora!”, embistieron a los atacantes poniéndolos en fuga.
Eran batallas relámpago que diezmaban a los turcos, pero no habían acabado ni con su presencia en tierras bizantinas ni con su afán de conquista. Faltaba la batalla final. Según narra el cronista, el encuentro tuvo lugar en un paraje angosto conocido como las Puertas de Hierro, situado en las estribaciones de la cordillera del Tauro. Era la llave que guardaba el paso a las ricas tierras del sur de Anatolia. Fue el 15 de agosto de 1304. De Flor mandaba la caballería expedicionaria y Rocafort a los almogávares. En total, unos 8000 hombres. Los turcos habían aprestado no menos de 30000. El resultado fue el de siempre: los almogávares destrozaron a sus oponentes. Los turcos dejaron sobre el terreno 18000 cadáveres. Aquello fue la apoteosis de la compañía catalano-aragonesa desde el punto de vista militar.
Victoriosa, la tropa regresó a finales de otoño a la costa, acantonándose en la ciudad de Gallipoli, a orillas de los Dardanelos. Allí se les unió otro hombre destinado a formar parte de la leyenda: Berenguer de Entenza. Traía consigo 1000 almogávares y 300 caballeros. Contento, Roger de Flor pidió al basileo que nombrara megaduque al de Entenza. Así lo hizo Andronico, que también ascendió a Roger nombrándole césar del Imperio. El título avivó el recelo de los bizantinos y el resentimiento del príncipe Miguel, que tramaba ya su plan.
La traición - Desaparecido el peligro turco, los bizantinos urdieron una terrible traición. A principios de abril de 1305, el cobasielo Miguel, que se encontraba en la ciudad de Adrianapolis, llamó a su lado a Roger de Flor. Le mandó decir que quería celebrar sus victorias y para ello había organizado un gran banquete. El caudillo acudió acompañado de una escolta formada por 1300 hombres, entre almogávares y jinetes. En el trance del mismo, inopinadamente, irrumpió en la estancia un pelotón de alanos a cuyo frente iba el jefe Georgios.
Fue éste quien alevosamente apuñaló al desprevenido Flor, dejándolo muerto. Cogidos también por sorpresa por fuerzas muy superiores, los almogávares de la escolta fueron cazados por bizantinos y alanos. Una parte de ellos escapó huyendo monte traviesa y regresó a Gallipoli, donde contó lo ocurrido a sus incrédulos compañeros. El resto, incluidos destacamentos aislados que permanecían en Constantinopla o en otras ciudades como Heraclea o Rodosto, tuvo un final ignominioso. En esta última ciudad un grupo de almogávares que formaban parte de una embajada habían sido asesinados, descuartizados sus cuerpos y colgados los restos en ganchos de carnicero que luego fueron expuestos en el mercado.
Llegados a este punto es cuando se origina un suceso de raíces sangrientas. Todo el afán, la fuerza y la ferocidad de los almogávares supervivientes se orienta con furia ciega y determinación sobrehumana hacia un único objetivo: la venganza.
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